El complejo de salvadora
Ayer me atravesó una ira antigua, una de esas que muchas mujeres conocemos. Nace de la impotencia.
Pensaba en cuántas veces nosotras nos ponemos la capa sin que nadie la pida, sin que nadie la valore. Nos volcamos de lleno a acompañar a otros, sobre todo a hombres rotos, perdidos, en crisis. Intentamos mostrarles caminos, creer por ellos cuando ya no creen en sí mismos. Amarlos más allá del derrumbe. Pero ¿quién hace eso por nosotras?
Escuchaba a una chica contar que su novio está en rehabilitación, en una granja, sin contacto con el mundo. Ella va cuando puede, lo espera, lo acompaña. Cree profundamente en él. Dice que la vida lo rompió pero que puede salir. Y que se van a casar apenas él se recupere. Ella sostiene ese amor con la esperanza como cimiento.
Ante esto me invadió un pensamiento; solo una mujer podría acompañar de esa manera. Un hombre jamás se quedaría en esa situación.
No sé si lo pensé desde el enojo, pero me puse a pensar en todas esas mujeres que he escuchado. En mi mamá, en mis tías, amigas.
Recordé a una amiga hablar de su internación psiquiátrica. Dijo que le costaba hablar de eso, porque en su momento casi el único que sabía era su novio que decidió mirar hacia otro lado. Nunca indagó, nunca se interesó por lo que pasaba. Eligió la negación como estrategia. El silencio como respuesta. Su presencia era solo física. Internamente, ya se había ido.
También me acordé entonces de una mujer creyente que conocí. Perdió a toda su familia en un accidente. Su esposo, incapaz de acompañarla en ese dolor tan inmenso, también se fue. No supo qué hacer, así que eligió desaparecer. Ella, desde el abismo, encontró refugio en la fe. Reconstruyó su vida desde las cenizas.
Y no pude evitar pensar en mí. En mi ex. En cómo lo idealicé. En cómo, cuando yo toqué fondo —familiar, emocional, económico— me dejó. No quiso ver. No quiso quedarse. No quiso preguntar. No se sentó a entender qué me estaba pasando ni cómo eso nos atravesaba. Solo dijo que ya no sentía lo mismo y se fue.
Y duele. Yo sí pregunté, sí sostuve, sí me quedé. Yo sí creí que el amor implicaba también no soltar cuando la vida golpea. Si yo hubiera sabido que tenía pensamientos tan oscuros como los tuve yo ese tiempo, no lo hubiera dejado solo. Porque eso es lo que hacen los vínculos verdaderos: se quedan cuando el otro se apaga, aunque no puedan encenderlo.
Sé que nadie puede salvar a otra persona. Que la felicidad es una construcción interna. Pero también creo que somos seres enredados unos con otros. Que nos necesitamos. Que el amor se manifiesta en cómo acompañamos el dolor ajeno, no solo en cómo disfrutamos los momentos felices.
Y sin embargo, cuántas veces ellos no saben qué hacer y se van. No porque no sientan algo, sino porque no saben sostener. Porque no se les enseñó a mirar el dolor de frente sin huir.
Lloré al recordar todas las veces que me sentí sola estando acompañada. Las veces que lloré acostada al lado de alguien que ya no estaba emocionalmente. Las veces que supe, en silencio, que yo estaba dispuesta a luchar por los dos, pero él solo amaba la forma en que yo lo hacía sentir. No a mí.
Y me pregunté: ¿por qué tantas mujeres sentimos que debemos salvar? ¿Por qué creemos que si damos más, si amamos más, quizás esta vez sí se queden? ¿Por qué nos enseñaron a ser redentoras del dolor ajeno mientras nadie nos enseña a exigir presencia, reciprocidad, compromiso emocional?
No se. Solo sé que algo dentro mío se cansó.
